Viniendo en coche, llovía. Una gotita se estrellaba contra el cristal y caía describiendo una curva, otra gotita y otra más. Hasta que mi madre me despierta de mi ensimismamiento:
-Te veo triste, ¿pasa algo?
-No, es solo la lluvia.
Cuantas veces nos excusamos, cuantas veces le echamos la culpa a la lluvia.
Mirada perdida, brisa de suspiro, continua la conversación:
-Eso mismo he pensado yo esta mañana, pero luego he decidido que no tengo nada por lo que estar triste.
-Mmm, sí.
Claro, es fácil cuando no critican tu forma de ser, toda ella, con tus obsesiones e imperfecciones. Estás tú ahí intentando evadirte, olvidarte de todo y ¡pum! llegan y te atan con un cordoncito para traerte de vuelta a la Tierra.
