Las palabras sortean todos los pendientes de una oreja, cogen la autopista de un oído a otro y ni siquieran mis neuronas las alcanzan para multarles por exceso de velocidad. Llegan a su destino y se descuelgan por el alfeizar de la otra oreja.
Fijo mi mirada en el difuso horizonte y de repente, involuntariamente, canto alto. Canto con energía, para abortar los pensamientos que empiezan a nacer en mi cabeza.
Así que nadie se sorprenda si a lo largo del día, de forma intermitente, canto.
Horizontes imposibles