Estiro y desaparece el calor; el ruido de los coches se torna murmullo. Me miro el torso abierto (como el del Señor conejo cuando, al equivocarse de agujero, cayó en la carnicería). Ahí están todos los órganos que antes solo había visto en Enciclopedias. No me han robado el apéndice como a los demás niños, pero todos están huecos; el corazón no late, el estómago no gruñe.
Me han sacado el algodón. Nada, ni lágrimas, ni carcajadas, ni miedo, ni rabia, ni concupiscencia. Y la mayoría de las veces, cuando miro las palabras no veo más que un puñado de letras unidas.
Moi qui criait famine
et toi qui posais nue.
