Su hermano murió en Fukushima y él se encerró en su cuarto.
Desde entonces no ha lavado su futón, lleno de manchas, fruto de la lectura de manga adulto y vasitos suicidas de sake.
No sale ni a la tienda de víveres de la esquina para llenar el vacío existencial de su nevera, no vaya a ser que las ratas entiendan de psicología y decidan ocupar ellas el espacio.
