Me quiero ir.
No muy lejos, pero tampoco demasiado cerca.
A un punto comprendido entre la nada y el infinito.
A un lugar donde las constelaciones estén hechas de lunares
y el valle donde repose mi cabeza sea el espacio comprendido entre los huesos de tus caderas.
La caída por tu ombligo no será larga ni dolorosa.
Ahí me refugiaré eternamente.
Si las espinas
no son de rosa,
que se las queden.